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Se asevera que la sociología en la década de los sesenta tenía muy de moda señalar a la pobreza como único responsable de la violencia, pero "coincidentemente" fue a partir de esa década que los movimientos revolucionarios de inspiración marxista utilizaron la violencia como método para salir de la pobreza, con el argumento que el sistema capitalista era el responsable de la mala distribución de la riqueza y que la antítesis, el socialismo, era la única vía para la solución de los problemas crónicos de la sociedad mundial, en tanto el ideal de un mundo igualitario.
La historia no sólo demostró lo equivocado del camino, sino el uso de la violencia para la consecución de los fines, pero con tal premisa la teoría cobró fuerza y mucho fanatismo, pero claro está, con un propósito ideológico.
Los nuevos informes sobre desarrollo humano, en donde se resalta a países muy pobres con índices de violencia bajos, comparados con otros más ricos, han estimulado a algunos analistas a retroceder en la historia y encontrar en agudas crisis económicas y severas hambrunas, la ausencia o bajos índices de violencia.
Sin lugar a dudas son argumentos valederos, pero más pareciera una intención tendenciosa a sepultar en forma definitiva la teoría que la pobreza engendra violencia.
La dicotomía pobreza-violencia no es del todo cierta, pero es irrefutable que la pobreza engendra de alguna manera violencia cuando esta se refiere a los delitos cometidos por la insatisfacción de necesidades básicas y marcadas desigualdades, y no aquella provocada por cuellos blancos derivada de la voracidad y el afán de dinero fácil.
Los últimos datos revelados en el índice global de paz que ubican a Guatemala en el puesto 112 y como el tercer país más violento de Amé-rica Latina, comparado con Nicaragua en el número 64 y más pobre que Guatemala, si tomamos en cuenta el producto interno bruto per cápita, US$4 mil 791 para Guatemala y US$ 2 mil 551 para Nicaragua, también son muy interesantes de analizar desde otro punto de vista: Nicaragua sufrió una guerra cruenta y larga como Guatemala, con procesos y consecuencias similares, lo que daría paso al fundamento para aniquilar la tesis fatídica que: "La violencia en Guatemala es producto de la herencia de un nefasto enfrentamiento armado".
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