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La educación pública en Guatemala, y en este caso en Quetzaltenango, siempre ha sido satanizada por lo privado, y bajo el argumento de que es de baja calidad, se le atropella y se le destruye, con la tesis que los maestros del Estado son haraganes, y por ende, sus establecimientos son inseguros, sucios y con muchas carencias.
Resumido: Hay mucha de razón y mucho de aprovechamiento para que "la mercancía", que son los padres de familia y sus hijos, vayan a estudiar a galeras, casas viejas, cuartitos, que por ser privados, les llaman colegios.
La tragedia del colegio evangélico Bethania desnudó la realidad educativa privada, y la poca atención que el Estado le ha dado a ese importante sector de la vida económica de Quetzaltenango, tan sólo, por ser privado y no público.
Estudios dan cuenta que nuestra ciudad es eminentemente de oferta educativa, y por ende, eso ha atraído a muchas personas a buscar en Xela educarse antes de ir a la capital de la República. Hoy día, la ciudad recibe a estudiantes del occidente y suroccidente del país, incluso, del nororiente y lugares más lejanos.
Pero, ¿bajo qué esquemas, estrategias y diseño educativo se ha hecho todo esto? Hasta ahora se desconoce, y salta a la vista que quien tenga el dinero, las influencias y una casa vieja donde empezar, instala un colegio y lo echa a andar con el fin único de comerciar con la educación y se vuelven mercaderes de la misma.
Se reconoce el esfuerzo de algunos colegios por tener instalaciones educativas pedagógicamente construidas, porque eso es ley y lo establece el Ministerio de Educación, y se agradece porque velan por la seguridad de los estudiantes, motor principal de la actividad económica-educativa, que emplea y forma a las nuevas generaciones.
El problema principal, en el otro lado, es cuando la institución privada se convierte únicamente en un fin para hacer dinero y se olvida de lo elemental que es la seguridad y la educación de calidad de los estudiantes. Estos colegios, que son mayoría, sólo se ocupan de lo económico, de pagar miserias por sueldos a sus maestros, ubicando sus aulas en galeras y lugares peligrosos.
Lo que ocurrió en el colegio Bethania es el precedente mayor para que los padres de familia piensen, no sólo en la parte económica, que es claro que es lo más importante tomando en cuenta la crisis que se vive, sino también exijan que las instalaciones donde estudian sus hijos sean seguras, limpias y confortables. Eso es parte del proceso educativo.
Es responsabilidad fundamental del consumidor, en este caso los padres de familia, exigir un servicio de calidad, lo cual incluye muchas cosas. No podemos ver estas tragedias de una manera romántica y con lástima, sino más bien, las vidas de: Julián Orlando Gómez García, Jenny Balvina Ordoñez Huitz, Rudy Eduardo Cojom Cacatzum y Delmi Cecilia Figueroa Santos deben servir para sentar un precedente, exigir a la autoridad educativa que supervise, vigile y sancione a los colegios que no cumplan con los mandatos legales guatemaltecos. Al igual que la comuna citadina, debe ser mucho más estricta a la hora de autorizar una licencia de construcción.
No sería justo que la mágica comisión multisectorial formada posterior a la tragedia, se ponga a posar
ante las cámaras de los medios y diga que van a
inspeccionar los colegios y escuelas, sino más bien, la sociedad en su conjunto, debe dar seguimiento al
quehacer de los establecimientos para que así de una vez por todas se vea al alumno o alumna como humano y no sólo como mercancía que les hará crecer sus cuentas bancarias.
La educación es un compromiso, y no solamente lucro, del que se pueda aprovechar hasta ex funcionarios públicos educativos que ahora disfrutan de sus colegios aún cuando bajo la mesa recibieron dinero para agilizar las autorizaciones de establecimientos en lugares no adecuados.
Resignación para las familias de los estudiantes muertos en esta tragedia. Dios les dé fortaleza por la pérdida de sus seres amados.
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